Ex(,) amigo

zapatosUno de los pocos amigos que tenía se había quedado sin laburo. Por suerte, yo era dueño de un local de pinturas que, como me iba bien, también hacía entregas a domicilio. Días antes de que lo echen a Nicolás me había animado a comprar otra camioneta. Él estaba triste. Faltaba medio año para su casamiento y sin trabajo. Tuvimos varias charlas hasta que lo convencí de que manejara lo que compré. Ambos sabíamos que su sueldo sería la mitad de lo que cobraba antes.

Los dos, contentos por trabajar juntos. Cosa que deseábamos siempre desde chicos. Sólo que se dio al revés; yo organizaba, él manejaba.

Más se acercaba su día especial, sorpresivamente, más nervioso, alborotado y distante se ponía. Faltaba un mes. Dejamos de almorzar juntos, cosa que hacíamos desde la primera jornada laboral.

Era hora de cerrar y Nicolás no venía. Salió temprano, tenía que hacer una gran entrega en capital. El dueño del edificio, donde llevaría las pinturas, me encargó personalmente litros y litros. Me dijo que les lleve las de mejor calidad. Un tipo macanudo, y con muchas billeteras. Comentó que me iba a pagar en efectivo y a recomendarme entre sus amigos. Yo, contento. Sonó el teléfono del local y atendí. Era Nicolás que, entre llanto y mocos, trataba de explicarme que le acababan de robar la camioneta, su celular, su billetera y el dinero de las pinturas. Le pregunté cómo estaba él y pasó a detallarme el hecho. Paró en un semáforo y lo encerraron dos autos. Lo bajaron con la cabeza debajo de la pistola, y se la llevaron. Él estaba bien y a unos 40 kilómetros del negocio. Le dije que se tome un remis o un taxi para que venga. Llegó y fuimos a hacer la denuncia, menos mal que tenía todo en regla. Lo invité a cenar, pero quería estar con su futura esposa, lo entendí. Lo noté muy traumado. Le di una semana para organizar las cosas del casamiento. Se lo expresé más que nada como una excusa, en realidad quería que descansara.

Tuve que ir al casamiento de mi amigo. No creo mucho en esas celebraciones, pero hay que ser un poco cínico en la vida, sino lo social se evapora. Empezó el momento del discurso del amigo de la pareja. Me eligieron a mí. Algunas anécdotas, carcajadas y pañuelitos. Lo observé a Nicolás llorar desconsoladamente; la mujer, de emoción. Después, por los parlantes comenzó a sonar la música. Mi amigo y Carla se conocían hace diez años y tuvieron miles de experiencias como pareja, pero por primera vez iban a bailar juntos el vals. Pasos para aquí, pasos para allá. Me cedió a su esposa sin mirarme a los ojos, como toda la noche. Ella se mostraba exageradamente feliz, y emocionada me expresó: “Gracias. Mil gracias. Todo esto no se podía hacer sin tu ayuda. Sabía que eras buena persona y amigo, pero darle el dinero del seguro de la camioneta a Nico para terminar de pagar el casamiento, no lo hace nadie. Siempre vamos a estar agradecidos.”

Quedé duro en el medio de la pista, de la misma manera que queda un poste de luz cuando alguien se lo lleva puesto con el auto. Se acercó el suegro, me agradeció por lo mismo, creo, y empezó a bailar con ella. Me hice a un lado del ritual. Me senté en una silla forrada con un mantel blanco. Idéntica a las otras 259 sillas que pagué yo. Mi codo apoyado en mi rodilla; mi cabeza, en mis manos. Miré mis zapatos. ¿Yo en zapatos? Sí, por mi amigo. Los zapatos eran talle 41 y calzo 42 y medio. No los usaba hace años, y no recordaba que eran así. Me los saqué y quedé descalzo. Levanté la mirada, vi que Carla abrazó a mi novia y se quedó hablando con ella, mientras que mi compañera se tapó la boca para no gritar.

Venía con su mirada fija en mí desde la otra punta del salón. Se sentó a mi lado, puso su mano en mi rodilla y decepcionada me susurró: “Pelotudo, hace cinco años que me decís que el casamiento por iglesia es una mentira. Que no se necesita la aceptación del Señor para amar a alguien. Que el casamiento por civil cumple función en el momento que la pareja se termina. Me tuve que bancar tu monólogo del casamiento toda la semana previa. Y le pagaste esta fiesta pedorra al cornudo de tu amigo y su mujer. Sos un forro.” Y se fue. No me dio tiempo a decirle nada.

Fui al baño y me lavé la cara. Ni papel para secarme había. Abrí uno de los cubículos buscando papel higiénico y justo estaba Nicolás sentado en el inodoro. Lloraba, se tragó los mocos, me abrazó y me pidió perdón. Quiso justificar que estaba bajo estrés. Confesó que le entregó la camioneta a unos tipos que se dedicaban a los autopartes, se quedó con parte de eso y con el dinero de las pinturas. Con toda esa plata marrón, donde seguro se posaron miles de moscas, pagó la fiesta del casamiento. Siguió llorando y me fui.

La única vez que lo había visto llorar así fue cuando estábamos aprendiendo a andar en bicicleta. Yo, ya sabía. Le enseñaba a él. Corría atrás de Nicolás en una bajada. Tomó velocidad y el perro de un vecino salió a correrlo. Se cayó de la bici y se quebró el brazo derecho.

Todavía no sé qué me dolió más: que mi mejor amigo me haya cagado tanta guita; que con esa plata haya pagado esa fiesta de casamiento; o haber estado más de cinco horas con unos zapatos talle 41.

Anuncios

Mi fantasía sexual

Mi fantasía sexual era ir caminando por la calle, que me pare una policía alta, morocha, con anteojos de sol y con el uniforme pegado al cuerpo, que me pregunte qué llevo en la mochila y contestarle —Algo que nunca consumiste vos, careta—. Inmediatamente, me reduce de boca al piso, abre la mochila furiosa y encuentra un cuaderno con anotaciones y el libro El proceso, de Kafka. Le sonrío desde el suelo y mi ilusión de rebelde sin causa, amanecería al otro día con una causa civil por desacato. Una muy buena anécdota para contarles a mis amigos, ya que soy un hombre, heterosexual y casi blanco de clase media, tengo las suficientes características para que el Estado no me desaparezca.

Casi se cumplió mi deseo; mejor de lo soñado. Cambiaron algunos detalles primordiales como la localización, fue en una estación de servicio. Los personajes; mi amigo El Gordo Gonza, El Petiso «aparente» policía de civil y yo. Un trío con El Gordo, nunca lo hubiera imaginado. Y en vez de la mochila, el auto de él.

Al mediodía de ese viernes Gonza me enseñó a manejar por colectora cerca de General Rodríguez. Su pasión son los fierros; desde chico maneja kartings, y se cree que vive en Rápido y furioso con su Gol cuadrado del ´95 descascarado. Tanto le apasionan los fierros que siempre tiene uno guardado debajo de su asiento. A la tarde teníamos que ir a la casa de Tissera que nos iba a presentar a la novia. Y allá estábamos yendo, pero se le cruzó uno de sus archienemigos, El Colectivero de La Perlita.

Veníamos por la ruta que costea las vías del ramal Moreno-Mercedes, por Francisco Álvarez, y durante algunos kilómetros El Colectivero que iba delante de nosotros subía y bajaba pasajeros sobre la ruta, sin parar en la banquina. El Gordo se mordía el labio, le pegaba al volante, tiraba el auto para la izquierda, y miraba si lo podía pasar. En la estación de La Reja se hizo espacio y quedamos adelante de su enemigo. Le tiró el auto adelante, le frenaba, repetidamente, durante dos cuadras y me agarró un ataque de moralidad. —En el bondi viaja gente que no tiene nada que ver con tu rivalidad y la pelotudez de El Colectivero—, le dije. Se cansó de mis sermones y seguimos a nuestro destino. Aceleró en silencio. El espejo retrovisor reflejaba a los árboles y postes de luz cada vez más borrosos e inclinados.

Antes de llegar a lo de Tissera paramos a cargar gas. En el otro surtidor estacionó un auto, se bajó un tipo de unos 35 años, media cabeza menos que yo, con la visera para atrás y cordialmente preguntó ­­—¿Chicos, ustedes iban adelante del colectivo?—.

—Sí— respondió Gonza y le contó lo que pasó.

—¿¡Pero ustedes son pelotudos!? ¡¿Qué mierda tienen en la cabeza?!—. El Gordo le pidió que se calmara, El Petiso peló la «aparente» chapa de policía y empezó —¡No me contestés así, pendejo la concha de tu hermana!—. La mujer que iba con él en el auto, se bajó, se puso a ver el espectáculo de reojo, con la mano en la frente, mirando el piso.

—Tranquilizate, flaco, no hace falta que hables as—.

—Cerrá el orto, pelotudo. ¿Querés que te agarre del cuello y te tire al piso?—, me interrumpió. Obedecí, fruncí todos los orificios que un cuerpo humano posee. Gonza se pudrió que le grite a diez centímetros de la cara, y que lo escupa, se hizo el distraído que acomodaba algo del capot, pero el ínfimo policía lo empujó del hombro para su dirección y le ordenó —¡Mirame a los ojos cuando te hablo!—. Dilaté el upite y le insistí que esa no era la manera. —Vos cállate la boca, porque te voy a meter un culatazo en la nuca, pendejo de mierda—, me amenazó.

En ese momento lo vi enorme, llegaba hasta el techo de la estación de servicio; a mí, con un sangrado profundo en la cabeza, tirado en el piso sin sonreír; a abuela, internada en el hospital por una fuerte subida de presión; a vieja, llorando en la comisaría; a los testigos, contradiciéndose; a las cámaras del lugar, filmando para otro lado; a los medios de comunicación, hablando de justicia por mano propia. Me hice la película, la saga y sus secuelas.

Alrededor, cada uno en su mundo, en su vida. Un chabón paseando unos perros. El sol se terminó de esconder pero todavía alumbraba. El día, pesado. El Petiso o el sorete justiciero, reluciente y apestando. —Encima son dos pendejos. A ver el registro…—, nos sobró. Gonza lo sacó y se lo mostró de lejos. —Ah, no me lo querés dar. Te voy a sacar las llaves del auto y voy a llamar al patrullero—, se acercó a la ventanilla del conductor y mi amigo cedió. Le sacó unas fotos de los dos lados, se lo devolvió y nos aconsejó forreándonos —Si el chofer del colectivo es un imprudente, anotás la patente y hacés la denuncia—. Dejé de escuchar, apreté todo el aire que tenía en la mano derecha y le miré fijo la nariz. El Gordo le pagó a la playera y nos subimos al Gol. El Petiso se acercó a su auto y desde ahí nos gritó —¡Tengan cuidado con lo que hacen, mirá que sé donde vivís, Gonza!—. Salimos arando.

El Gordo aceleró, empezó a pasar autos y miró los espejos creyendo que nos seguían. —Ni miré la patente del Clio de El Petiso, pelado, forro—, le dije. —No era petiso, boludo, ni pelado y el auto era un Peugeot—, aseguró Gonza. No se me dio con la policía alta, morocha, con anteojos de sol y con el uniforme pegado al cuerpo, pero compartí una experiencia erótica con El Gordo, que ahora tiene otro archienemigo, y yo busco una nueva fantasía sexual.