La pastaflora de la abuela Tota

pelota

Desde la vereda vi cuando el auto chocó a Matías. Vi justo cuando dobló a fondo en la esquina y no alcanzó a frenar por el asfalto mojado. Después, el asesino aceleró más. La moto que iba atrás de él, lo perseguía. La quiosquera y el carnicero del barrio fueron corriendo hasta donde quedó Mati. El borracho del barrio, puteando al auto que ya no se veía. La abuela Tota, que vivía en esa esquina y todas las tardes nos miraba jugar a la pelota, saltó de la reposera a dentro de la casa y llamó a la ambulancia. Que llegó tarde para los 10 años de Mati, pero a ella le salvó la vida.

Todos los días al salir del comedor de la escuela, lo acompañábamos a Kevin hasta la casa a buscar la pelota. No digo -su- pelota porque era de nosotros. Sí, se la regalaron para su cumpleaños, pero también nos la regalaron a todos. Los mejores fideos con tuco los comí en el comedor de la escuela. Jugábamos competencias de quién terminaba más rápido y siempre me ganaba Mati; excepto, cuando había milanesas con arroz. Él odiaba el arroz blanco y yo, sobrándolo, lo comía desde su plato.

Era en lo único que le podía ganar. En las carreras de bicicleta me sacaba media cuadra; las pocas veces que íbamos al ciber, él era el poli triunfador y yo el terrorista abatido; jugábamos a dar vueltas las cartas del piso haciendo sopapa con las manos, y en más de un recreo me dejó sin ninguna carta de Dragon Ball. Y encima, su primer beso fue con Nadia. Ella recién había empezado el secundario. Era la única en toda la escuela que se pintaba los labios de rojo; no iba al comedor, no saltaba la soga, no jugaba a la rayuela, tampoco al elástico. Caminaba por ahí, con sus pasos cortitos, del brazo de su amiga, sin mirar a nadie, mientras que todos la mirábamos. Siempre nos rechazó cuando la invitábamos a jugar a la botellita. Su guardapolvo ajustado nos hacía fantasear con los cuerpos que veíamos en esas revistas que no tenían que ver nuestros padres. Esas revistas que las compré con mis ahorros (dos meses sin ir al ciber), que un día se las presté a Mati y jamás me las devolvió.

Nadia sólo se fijó en él porque eran vecinos. Además, sus padres eran amigos. Puntos a su favor. También viajaban juntos en bondi hasta la escuela. Eso lo convertía en el único de primaria que ella saludaba. El día que la gata de Mati tuvo crías no sabía qué hacer. Uno le regaló a la abuela Tota, otro lo abandonó en la cocina de la escuela y al que le pedí que me lo dé lo tiró adentro de un balde de 20 litros con agua. Lo quise sacar pero me agarró fuerte y se reía. Vi las pequeñas burbujas que llegaban hasta la superficie de ese balde, sin poder hacer nada. Quedaba un gatito más y él sólo pensaba en hacer lo mismo. Le pedí por favor que no lo haga. Se me ocurrió que se lo regale a Nadia y lo hizo. Ese fue el inicio de su relación. Ojalá lo hubiese ahogado.

Con nuestra pelota en los pies, íbamos hasta la casa de Nico a jugar. La calle era nuestra cancha; las mochilas, los arcos. No era un lugar transitado. Era una zona comercial pero iban a comprar vecinos caminando o en bici. Las pocas veces que pasaba un auto, el primero que lo veía gritaba: “¡Auto!”, subíamos todos a la vereda y después seguíamos el partido posicionándonos cada uno en el lugar que estaba. Ese truco nos lo enseñó la abuela Tota. Sacaba su reposera afuera, nos miraba un rato y se dormía una siesta sentada. Nico nos decía que no era su abuela, y la llamaba así igual. Entonces, dejó de ser -su- abuela y pasó a ser la de todos. Al principio no le gustaba que hiciéramos tanto barullo frente a su casa, hasta que Mati la empezó a saludar, le comentaba que él nunca conoció a sus abuelas, siempre le preguntaba si se había hecho algo nuevo porque estaba más joven, le ofrecía presentarle a su abuelo, y un día, que nos preparó una pastaflora, él le dijo que fue la más rica que comió en su vida. A partir de ese día, todos los viernes nos hacía una.

Los viernes, el equipo que ganaba se comía la pastaflora. Llevábamos una cuenta de cuántos goles tenía cada uno. Obviamente, Mati mantuvo su récord mucho tiempo hasta que dejó de venir. Se iba a la placita con Nadia. Ella lo esperaba que saliera del comedor, pero él nunca le dijo que comía con nosotros. Usaba de excusa que la profesora le daba tarea extra para hacer cuando terminaba la hora. Y se iban. Por un lado me ponía mal porque Nadia era mi primer amor; por el otro, contentísimo debido a que en una semana quedé a tres goles del récord de él.

El último viernes de septiembre del 2006 cayó 29. Nunca me voy a olvidar de esa fecha. En el comedor nos sirvieron milanesas con arroz. Los chicos le comentaron a Mati que estaba cerca de superar su récord. Dos noticias fuertes el mismo día, que él no lo podía soportar. Salió corriendo afuera y volvió enseguida. Desde la ventana vimos como Nadia se iba. Me miró a los ojos, mientras le comía el arroz de su plato, me dijo: “Lucas, nunca vas a alcanzarme.  Y hoy le voy a llevar la pastaflora a Nadia”.

Fuimos rápido hasta lo de Kevin porque desde el cielo unas nubes negras amenazaban con terminar nuestro desafío. Teníamos una sola regla en nuestro fútbol. El que faltaba, atajaba los mismos goles que por día se ausentó. Más simple, Mati obligado a atajar siete goles. El inspirado de ese día fue Kevin. Le hizo cuatro en menos de cinco minutos. Pero el que se llevaba la pastaflora seguía siendo Mati, su equipo nos ganaba 6 a 4. Me fui de delantero, de pescador, mano a mano contra él y antes que se largue a llover metí los goles del empate. Estaba a uno de alcanzar su récord y de quedarme con la pastaflora. Córner contra mi equipo, me quedé solo arriba por las dudas que haya un revote. Todas las miradas puestas contra mi arco, la lluvia se puso cada vez más espesa, el que metía gol ganaba. Lo miré a Mati, vi justo cuando el auto dobló a fondo en la esquina y se dirigía a él. Subí a la vereda. Pensé en Nadia, en la revista que le presté él, en las cartas que me ganó, volví a pensar en Nadia, en el gatito que ahogó en el balde, en las carreras de bici que perdí, otra vez en Nadia. Pensé tanto que no grité: “¡Auto!”. Se escuchó una frenada inútil, el auto chocándolo por la espalda a Mati, su cabeza contra el piso y el grito de todos los chicos asustados. La sangre se esparcía rápido gracias a la lluvia.

Desde ese día no volvimos a jugar a la pelota en la calle. Ni a ver a la abuela Tota. En el comedor ya no competíamos por quién comía más rápido. Debo admitir que Mati tuvo razón cuando dijo que nunca lo iba a alcanzar con los goles. Pero se equivocó en otra. Jamás le pudo llevar la pastaflora a Nadia.

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2 comentarios en “La pastaflora de la abuela Tota

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