El trabajo de Javi

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“Soy creyente, aunque no tanto. Nunca fui caminando a Luján, pero a veces voy a la Basílica a pedir. O a putear a la virgen”, bromeó Javi (35), dueño y cocinero de la panchería y hamburguesería “Hora Libre”. Eran las 12:40 del sábado y rezaba para que alguien pase por la vereda de las vías y lo ayude a empujar el 147 que se resistía arrancar; así comenzó su día laboral. Dos semanas atrás un mecánico del barrio le arregló el burro del auto. El respaldo del asiento del conductor estaba sostenido por una cubierta, arriba del estante, CDs de música: “Súper MP3”, con una rubia arriba de una moto; cinta aisladora, y una llave 13. A las tres cuadras dobló a la derecha, se le abrió su puerta y casi se va de cabeza a la calle.

Todos los días va a comprar la mercadería, para que no se le pudra, a un local de comidas rápidas en el centro de Moreno. Su emprendimiento está ubicado al lado de una escuela privada, y a la vuelta de otras dos, de las que tienen la cuota más cara de la localidad. De frente las vías del Tren Sarmiento (Once-Moreno). A pocos metros, el esqueleto, oxidándose, de lo que hace un tiempo funcionó como andén provisorio de la estación.

“Uno se arrepiente de perder un laburo fijo”, dijo Javi mientras miraba el piso y se rascaba la cabeza. Laburó durante años como administrativo en un hospital de Capital. Denunció al centro de salud por la forma en que lo echaron. El argumento que utilizaron se basaba en que él falsificó una licencia médica. “Cuando me agarré la Gripe A en el hospital lo justificaron como si fuera una gripe común –declaró-. Me rajaron para meter gente amiga”.

Trabajó estable en “Ritmo”, lugar donde compra su mercadería, por seis meses. Ahí se curtió con la preparación de las comidas, vendió el auto, y se abrió el local frente a la casa, en la que vive junto a sus padres y su hermana. Adentro tiene una barra con los aderezos y un estante de vidrio vacío; carteles del tamaño de una billetera con precios; dos banquitos altos; un freezer; arriba, otro estante vacío; un ventilador que siempre está desenchufado; más carteles con precios; una heladera con gaseosas y jugos; la plancha, la freidora y más carteles con precios. Afuera, dos mesas, algunas sillas, un toldo, la lona para cerrar cuando hay viento y más carteles con precios.

Al lado del local, el padre tiene una forrajería. “Hace tres años le diagnosticaron cáncer y le dieron dos meses a mi vieja –comentó Javi y se comió una empanada-. Hay que ser fuerte, si era yo, me dejaba morir”. La especialidad de la casa son las hamburguesas, la suprema, el churrasquito, las empanadas que las hace su madre para mantenerla ocupada y la parrilla que amaga a sacar todos los sábados, y ese día siempre encuentra excusas nuevas para no hacerlo.

La comida comprada, faltaban las bebidas. De milagro el auto arrancó, y fue hasta un supermercado chino con algunos envases. A metros de su local hay otro negocio de comidas rápidas que un vecino,  con el que se conocen desde la infancia, abrió algunos años antes que él. “Cuando empecé yo se enojó, pero de esta manera comemos los dos –manifestó Javi-. Vendo comida nomás, si pongo un quiosquito como él, me parte al medio”.

Los sábados que no llueven ni hacen frío, van siempre los mismos clientes; un padre con su hijo y a veces con sus compañeros de fútbol; una familia que compra para llevar; otro papá con su hijo; un remisero que va a almorzar casi todos los días, y un grupo de adolescentes.

Tiene un hijo de 12 años. “No lo vi hasta los seis, por quilombos con la madre, los juzgados y todas esas cosas”, explicó. De vez en cuando aparece por el local, o él lo pasa a ver por la casa. Actualmente, está en pareja hace seis años: “Nos peleamos, nos arreglamos, pero siempre me banca”.

El sol se escondió atrás de unas nubes. El grupo de adolescentes terminó de comer, pagaron, acomodaron un poco abajo del toldo, ayudaron a guardar las cosas adentro. Javi tenía que ir antes de que oscurezca al taller para que le revisen otra vez el auto. Esa vez no hizo falta rezar, los pibes lo ayudaron a empujar.

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