Perdidos en el Sarmiento

fuelle-del-sarmientoAbrí la mochila para sacar los auriculares, pero vi que frente mío se sentó un Pibe, sacó una bolsita de cocaína, miró a través de sus anteojos de sol para los costados, se acomodó la capucha y se dio un pase. Cerré la mochila y la abracé. «No voy a dormir nada -pensé-. Antes que el Pibe la quiera bardear mejor voy a otro vagón.» Pero no me moví.

El aire del tren no funcionaba; formaciones nuevas, problemas nuevos. Estaba todo transpirado sentado frente a él, culpa del verano que primereó a la primavera otra vez, en el acordeón del segundo y tercer vagón del tren Sarmiento. Siempre me siento ahí en Once, ya que no hay asientos disponibles y sentarme en los reservados no es lo mío. Admiro la impunidad con la que algunos tipos se quedan dormidos ahí. Quizás estén embarazados y me indigno al pedo. A veces me gustaría tener la caradurez de no ceder el asiento a quién lo necesita. No es que lo dé porque sea buen tipo, en mi interior tengo un termómetro de culpabilidad: En los primeros dos asientos, 99 porciento de culpa; los segundos, 66; y los de atrás, 33.

Arrancó el rápido, aunque no por la velocidad. El exorbitante tren bala sólo para en Flores, Liniers y a partir de Morón en todas las estaciones hasta Moreno. El Pibe sacó de su mochila una botella de fanta de dos litros y cuarto llena de cerveza tibia. La tomó, se secó la boca con la campera del Milan de Italia y me preguntó —¿Por dónde estamos?—.—Llegando a Morón—, le respondí seco. Vi que se quedaba dormido y se despertaba asustado. Le dije que se durmiera, que lo iba a despertar en Merlo. Me agradeció y se durmió dos minutos.

—Tengo un re sueño. Vengo de una gira de hace tres días y no doy más. Me quise levantar un poco –se tocó la naríz- y me tiró para abajo. Le di a la birra y tampoco me levantó —comentó—. —Me peleé con mi señora y me echó de mi casa. Me fui para lo de mi vieja y también me echó—. No entendí nada, sólo escuché. —Ahora voy de casa en casa de mis amigos. Antes de ayer dormí en una plaza —me contó—.

—Ayer me gasté dos lucas en un puterío. Le pagué a dos minas, les puse una línea de merca en el culo y lo aspiré de ahí. ¿Sabés lo que fue eso, perro? Tremendo —detalló efervescentemente—. Silencio. Una estación después preocupado confesó —Ando re perdido—. Por fin abrí la boca y le dije —Está bueno perderse de vez en cuando. De esa manera te encontrás a vos—. El Pibe me empezó a contar que vende tappers por la zona de Merlo y que en dos semanas iba a juntar la plata necesaria para alquilarse una piecita.

Ninguno de los dos pudo ni quiso dormir. Se acercaba la estación donde él tenía que bajar. —Hay una piba allá, a la que le dije un par de cosas antes de subir y se reía. Ahora la voy a buscar y le voy a robar un beso. Nos vemos, Ñery.

—Dale, loco. Suerte. Ojalá te encuentres -le aconsejé-.

—Olvidate, amigo –respondió y se fue-.

El Pibe no escuchó bien la penúltima palabra que le señalé. Pensó que dije “la”.

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2 comentarios en “Perdidos en el Sarmiento

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