Mi fantasía sexual

Mi fantasía sexual era ir caminando por la calle, que me pare una policía alta, morocha, con anteojos de sol y con el uniforme pegado al cuerpo, que me pregunte qué llevo en la mochila y contestarle —Algo que nunca consumiste vos, careta—. Inmediatamente, me reduce de boca al piso, abre la mochila furiosa y encuentra un cuaderno con anotaciones y el libro El proceso, de Kafka. Le sonrío desde el suelo y mi ilusión de rebelde sin causa, amanecería al otro día con una causa civil por desacato. Una muy buena anécdota para contarles a mis amigos, ya que soy un hombre, heterosexual y casi blanco de clase media, tengo las suficientes características para que el Estado no me desaparezca.

Casi se cumplió mi deseo; mejor de lo soñado. Cambiaron algunos detalles primordiales como la localización, fue en una estación de servicio. Los personajes; mi amigo El Gordo Gonza, El Petiso «aparente» policía de civil y yo. Un trío con El Gordo, nunca lo hubiera imaginado. Y en vez de la mochila, el auto de él.

Al mediodía de ese viernes Gonza me enseñó a manejar por colectora cerca de General Rodríguez. Su pasión son los fierros; desde chico maneja kartings, y se cree que vive en Rápido y furioso con su Gol cuadrado del ´95 descascarado. Tanto le apasionan los fierros que siempre tiene uno guardado debajo de su asiento. A la tarde teníamos que ir a la casa de Tissera que nos iba a presentar a la novia. Y allá estábamos yendo, pero se le cruzó uno de sus archienemigos, El Colectivero de La Perlita.

Veníamos por la ruta que costea las vías del ramal Moreno-Mercedes, por Francisco Álvarez, y durante algunos kilómetros El Colectivero que iba delante de nosotros subía y bajaba pasajeros sobre la ruta, sin parar en la banquina. El Gordo se mordía el labio, le pegaba al volante, tiraba el auto para la izquierda, y miraba si lo podía pasar. En la estación de La Reja se hizo espacio y quedamos adelante de su enemigo. Le tiró el auto adelante, le frenaba, repetidamente, durante dos cuadras y me agarró un ataque de moralidad. —En el bondi viaja gente que no tiene nada que ver con tu rivalidad y la pelotudez de El Colectivero—, le dije. Se cansó de mis sermones y seguimos a nuestro destino. Aceleró en silencio. El espejo retrovisor reflejaba a los árboles y postes de luz cada vez más borrosos e inclinados.

Antes de llegar a lo de Tissera paramos a cargar gas. En el otro surtidor estacionó un auto, se bajó un tipo de unos 35 años, media cabeza menos que yo, con la visera para atrás y cordialmente preguntó ­­—¿Chicos, ustedes iban adelante del colectivo?—.

—Sí— respondió Gonza y le contó lo que pasó.

—¿¡Pero ustedes son pelotudos!? ¡¿Qué mierda tienen en la cabeza?!—. El Gordo le pidió que se calmara, El Petiso peló la «aparente» chapa de policía y empezó —¡No me contestés así, pendejo la concha de tu hermana!—. La mujer que iba con él en el auto, se bajó, se puso a ver el espectáculo de reojo, con la mano en la frente, mirando el piso.

—Tranquilizate, flaco, no hace falta que hables as—.

—Cerrá el orto, pelotudo. ¿Querés que te agarre del cuello y te tire al piso?—, me interrumpió. Obedecí, fruncí todos los orificios que un cuerpo humano posee. Gonza se pudrió que le grite a diez centímetros de la cara, y que lo escupa, se hizo el distraído que acomodaba algo del capot, pero el ínfimo policía lo empujó del hombro para su dirección y le ordenó —¡Mirame a los ojos cuando te hablo!—. Dilaté el upite y le insistí que esa no era la manera. —Vos cállate la boca, porque te voy a meter un culatazo en la nuca, pendejo de mierda—, me amenazó.

En ese momento lo vi enorme, llegaba hasta el techo de la estación de servicio; a mí, con un sangrado profundo en la cabeza, tirado en el piso sin sonreír; a abuela, internada en el hospital por una fuerte subida de presión; a vieja, llorando en la comisaría; a los testigos, contradiciéndose; a las cámaras del lugar, filmando para otro lado; a los medios de comunicación, hablando de justicia por mano propia. Me hice la película, la saga y sus secuelas.

Alrededor, cada uno en su mundo, en su vida. Un chabón paseando unos perros. El sol se terminó de esconder pero todavía alumbraba. El día, pesado. El Petiso o el sorete justiciero, reluciente y apestando. —Encima son dos pendejos. A ver el registro…—, nos sobró. Gonza lo sacó y se lo mostró de lejos. —Ah, no me lo querés dar. Te voy a sacar las llaves del auto y voy a llamar al patrullero—, se acercó a la ventanilla del conductor y mi amigo cedió. Le sacó unas fotos de los dos lados, se lo devolvió y nos aconsejó forreándonos —Si el chofer del colectivo es un imprudente, anotás la patente y hacés la denuncia—. Dejé de escuchar, apreté todo el aire que tenía en la mano derecha y le miré fijo la nariz. El Gordo le pagó a la playera y nos subimos al Gol. El Petiso se acercó a su auto y desde ahí nos gritó —¡Tengan cuidado con lo que hacen, mirá que sé donde vivís, Gonza!—. Salimos arando.

El Gordo aceleró, empezó a pasar autos y miró los espejos creyendo que nos seguían. —Ni miré la patente del Clio de El Petiso, pelado, forro—, le dije. —No era petiso, boludo, ni pelado y el auto era un Peugeot—, aseguró Gonza. No se me dio con la policía alta, morocha, con anteojos de sol y con el uniforme pegado al cuerpo, pero compartí una experiencia erótica con El Gordo, que ahora tiene otro archienemigo, y yo busco una nueva fantasía sexual.

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