Perreo intenso

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Murió Galo. Joven, enorme, sus ladridos eran gruesos y espesos, si le ponía una melena era un león. Falleció una noche, se le dio vuelta el estómago y no pudieron hacer nada. Según los veterinarios, es algo que le suele suceder a ese tipo de raza. La casa era la representación de la tristeza. A los meses, Tío creyó que traer un perro iba a reparar un poco aquel dolor y lo hizo. Vita le puse. No para de jugar ni un segundo. Trae cualquier cosa en forma cilíndrica que se pueda tirar y traérmelo devuelta. Salta, cada vez más alto, casi me llega hasta la cabeza. Ventaja para ella al querer agarrar un palo en el aire; desventaja para mí, al dejar la ropa colgada en la soga. Necesitaba compañía.

En familia creímos conveniente adoptar a una perra callejera. A los días nos enteramos que habían dejado tirada a una dentro de una bolsa de consorcio al lado de la Autopista General Paz. La trajimos. Tenía los ojos tristes, apagados y, sorpresivamente, cuatro cachorros en el interior de la panza. La llamamos Tota y enseguida respondió moviendo la cola. Al poco tiempo su mirada cambió, sus ojos empezaron a prender y parió a sus cuatro hijos en la cocina de casa. ¡Cuánto amor hay que tener para comerte la placenta de tus hijos! Tota parece un auto planchado al piso. Esto le impidió poder cargar a sus cachorros, pero Vita estaba ahí. Ambas necesitaban compañía.

El Pepo te recibe en dos patas y con una sonrisa. Empuja a sus hermanos cuando vienen todos a saludarme. Quiere ser él solo. Fue bautizado con ese nombre en honor a un rockero cantante de cumbia. Días atrás aprendió a hacer pis levantando la pata. Por la noche, cuando los demás perros del barrio están durmiendo o de vigilia, y los autos dejan de pasear, mientras los postes de luz renuncian a su función, y los grillos se cansaron de percusionar, El Pepo ladra. No para de ladrar. No sé si por las dudas o porque tenga un oído vidente. Todas las noches, en algún momento comienza a ladrar y no para. La noche le demuestra que en el barrio no pasa nada, pero él insiste. Sabe que algo o alguien va a pasar. Y pasa. Un perro perdido, algún grupo de muchachos alegres, motos plagiando disparos, un bebé llorando, la alarma de un auto, un imbécil con ataques de bocina. Y cuando sus hermanos y los vecinos lo imitan desesperados, El Pepo los acompaña victorioso por unos segundos, como diciéndoles: “¿Vieron? yo sabía que iba a pasar algo”.

A La Morci la llamamos así porque parecía la mitad de una morcilla. No tan grande como la del Negro de Whatsapp y no correspondía decirle Negrade. No sé si cambiarle el nombre porque con el tiempo le creció el pelo y mechas marrones que le cubren toda la cara, parte del pecho y sus patas. Era sumisa. En el momento de comer se corría de la fuente cuando El Pepo la gruñía. No obstante, el tiempo corrió y hoy la tengo que retar cuando le gruñe a sus hermanos. Tiene una fascinación por los insectos voladores y los pájaros. Y al parecer, en el fondo de casa hay una ruta aérea donde pasan mariposas, libélulas, colibrís, gorriones, abejorros. Los persigue, y cuando vuelan muy alto, a sus sombras. Puede pasarse horas siguiéndolos, tratando de atraparlos. Jamás alcanzó a ninguno. No creo que su sueño sea cazarlos, más bien volar como ellos. Sinceramente, no me animo a preguntarle.

Karoma es todo lo contrario a los estereotipos de belleza canina. Está parada tan al extremo de la fealdad que se convierte en hermosa. No puede mantener la mirada fija. Mira y esquiva, inclina la cabeza, vuelve a mirar, saca la lengua. Si no tuviera la cara cubierta de pelos me animaría a decir que se sonroja. Abuela le eligió el nombre por un personaje de la novela Moisés y los 10 mandamientos. Comparada con sus hermanos es alta. Mientras come de la fuente, se olvida de la comida, sale a galopar alegremente y luego regresa a comer. Le gusta dormir la siesta en el tobogán. Cuando estoy horas fuera de casa y llego, todos me reciben menos ella. Se queda atrás ladrándome, como preguntándome dónde estaba y por qué no le atendía el teléfono. Después viene y me pellizca los dedos con sus dientes.

Brick era divino. Se parecía a un salchicha. Pero la genética le llegó y le comenzaron a salir mechones marrones y rojizos. Posee la particularidad de tirar sus orejas hacia atrás y mirarte fijo con la cabeza gacha. En ese momento soy capaz de entregarle una bolsa entera de alimento, todas mis contraseñas, mi virginidad anal, cualquier cosa con tal de que sus orejas recuperen su posición habitual y mire con la cabeza alta. Al estar alegre molesta a la madre. Va y la empuja, le muerde el cuello. Por unos días quiso convertirse en el hombre de la casa, sin embargo, todavía no sabe orinar con una pata levantada. Por las mañanas y a la noche, subo y bajo, respectivamente, las persianas de mi pieza y él lidera la jauría que viene a gritar a la ventana. Supongo que le molesta el ruido que produce. Prefiero creer que tiene miedo de que sea la última vez que las vea subir o bajar.

Juntos son complementarios. Llevan ocho meses conviviendo y nunca se pelearon. Sí discutieron y hasta han llegado a tirarse un tarascón cuando uno le quiso sacar un hueso de asado a otro. Mientras les cambio el agua suelo contarles algo disruptivo que me sucedió durante el día. Les comento que están muy lindos para subirles la autoestima. Nadie quiere perros deprimidos. Una sola vez les tuve miedo a todos juntos. Me encontraba en el fondo, una noche despejada y oscura, fumando solo. Vita se hallaba hipnotizada por el cigarro, al lado mío, como pidiéndome que le convide una seca. Ni pestañaba. Los demás observaban de lejos. Ella retrocedió, esperó que El Pepo comenzara a ladrarme y arrancaron todos en coro. Mi corazón empezó a latir bailando un perreo intenso, como si una afrodescendiente se moviera al ritmo del twerking en mi pecho. No estaban enojados para atacarme ni advirtiéndome lo nocivo del humo en mis pulmones, se pusieron así por la imagen mía fumando un porro, solo y de noche.

Comencé a escribir para darles una historia individual y grupal. Para que sepan cómo son los perros aquellos que sientan ganas de adoptarlos. Abiertamente, no tengo ganas de dejar de verlos todos los días, pero es lo mejor para ellos. Son muchos y no hay un espacio para que estén cómodos. Dejo a un costado por un rato a mi egoísmo buscando su bien. Me encantaría leerles este texto a ellos, pero presiento que me van a ladrar en coro, no enojados para atacarme ni advirtiéndome lo nocivo de darlos en adopción, se pondrán así por la imagen mía extrañándolos, fumando un porro, solo, una noche cualquiera.

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Ex(,) amigo

zapatosUno de los pocos amigos que tenía se había quedado sin laburo. Por suerte, yo era dueño de un local de pinturas que, como me iba bien, también hacía entregas a domicilio. Días antes de que lo echen a Nicolás me había animado a comprar otra camioneta. Él estaba triste. Faltaba medio año para su casamiento y sin trabajo. Tuvimos varias charlas hasta que lo convencí de que manejara lo que compré. Ambos sabíamos que su sueldo sería la mitad de lo que cobraba antes.

Los dos, contentos por trabajar juntos. Cosa que deseábamos siempre desde chicos. Sólo que se dio al revés; yo organizaba, él manejaba.

Más se acercaba su día especial, sorpresivamente, más nervioso, alborotado y distante se ponía. Faltaba un mes. Dejamos de almorzar juntos, cosa que hacíamos desde la primera jornada laboral.

Era hora de cerrar y Nicolás no venía. Salió temprano, tenía que hacer una gran entrega en capital. El dueño del edificio, donde llevaría las pinturas, me encargó personalmente litros y litros. Me dijo que les lleve las de mejor calidad. Un tipo macanudo, y con muchas billeteras. Comentó que me iba a pagar en efectivo y a recomendarme entre sus amigos. Yo, contento. Sonó el teléfono del local y atendí. Era Nicolás que, entre llanto y mocos, trataba de explicarme que le acababan de robar la camioneta, su celular, su billetera y el dinero de las pinturas. Le pregunté cómo estaba él y pasó a detallarme el hecho. Paró en un semáforo y lo encerraron dos autos. Lo bajaron con la cabeza debajo de la pistola, y se la llevaron. Él estaba bien y a unos 40 kilómetros del negocio. Le dije que se tome un remis o un taxi para que venga. Llegó y fuimos a hacer la denuncia, menos mal que tenía todo en regla. Lo invité a cenar, pero quería estar con su futura esposa, lo entendí. Lo noté muy traumado. Le di una semana para organizar las cosas del casamiento. Se lo expresé más que nada como una excusa, en realidad quería que descansara.

Tuve que ir al casamiento de mi amigo. No creo mucho en esas celebraciones, pero hay que ser un poco cínico en la vida, sino lo social se evapora. Empezó el momento del discurso del amigo de la pareja. Me eligieron a mí. Algunas anécdotas, carcajadas y pañuelitos. Lo observé a Nicolás llorar desconsoladamente; la mujer, de emoción. Después, por los parlantes comenzó a sonar la música. Mi amigo y Carla se conocían hace diez años y tuvieron miles de experiencias como pareja, pero por primera vez iban a bailar juntos el vals. Pasos para aquí, pasos para allá. Me cedió a su esposa sin mirarme a los ojos, como toda la noche. Ella se mostraba exageradamente feliz, y emocionada me expresó: “Gracias. Mil gracias. Todo esto no se podía hacer sin tu ayuda. Sabía que eras buena persona y amigo, pero darle el dinero del seguro de la camioneta a Nico para terminar de pagar el casamiento, no lo hace nadie. Siempre vamos a estar agradecidos.”

Quedé duro en el medio de la pista, de la misma manera que queda un poste de luz cuando alguien se lo lleva puesto con el auto. Se acercó el suegro, me agradeció por lo mismo, creo, y empezó a bailar con ella. Me hice a un lado del ritual. Me senté en una silla forrada con un mantel blanco. Idéntica a las otras 259 sillas que pagué yo. Mi codo apoyado en mi rodilla; mi cabeza, en mis manos. Miré mis zapatos. ¿Yo en zapatos? Sí, por mi amigo. Los zapatos eran talle 41 y calzo 42 y medio. No los usaba hace años, y no recordaba que eran así. Me los saqué y quedé descalzo. Levanté la mirada, vi que Carla abrazó a mi novia y se quedó hablando con ella, mientras que mi compañera se tapó la boca para no gritar.

Venía con su mirada fija en mí desde la otra punta del salón. Se sentó a mi lado, puso su mano en mi rodilla y decepcionada me susurró: “Pelotudo, hace cinco años que me decís que el casamiento por iglesia es una mentira. Que no se necesita la aceptación del Señor para amar a alguien. Que el casamiento por civil cumple función en el momento que la pareja se termina. Me tuve que bancar tu monólogo del casamiento toda la semana previa. Y le pagaste esta fiesta pedorra al cornudo de tu amigo y su mujer. Sos un forro.” Y se fue. No me dio tiempo a decirle nada.

Fui al baño y me lavé la cara. Ni papel para secarme había. Abrí uno de los cubículos buscando papel higiénico y justo estaba Nicolás sentado en el inodoro. Lloraba, se tragó los mocos, me abrazó y me pidió perdón. Quiso justificar que estaba bajo estrés. Confesó que le entregó la camioneta a unos tipos que se dedicaban a los autopartes, se quedó con parte de eso y con el dinero de las pinturas. Con toda esa plata marrón, donde seguro se posaron miles de moscas, pagó la fiesta del casamiento. Siguió llorando y me fui.

La única vez que lo había visto llorar así fue cuando estábamos aprendiendo a andar en bicicleta. Yo, ya sabía. Le enseñaba a él. Corría atrás de Nicolás en una bajada. Tomó velocidad y el perro de un vecino salió a correrlo. Se cayó de la bici y se quebró el brazo derecho.

Todavía no sé qué me dolió más: que mi mejor amigo me haya cagado tanta guita; que con esa plata haya pagado esa fiesta de casamiento; o haber estado más de cinco horas con unos zapatos talle 41.

La pastaflora de la abuela Tota

pelota

Desde la vereda vi cuando el auto chocó a Matías. Vi justo cuando dobló a fondo en la esquina y no alcanzó a frenar por el asfalto mojado. Después, el asesino aceleró más. La moto que iba atrás de él, lo perseguía. La quiosquera y el carnicero del barrio fueron corriendo hasta donde quedó Mati. El borracho del barrio, puteando al auto que ya no se veía. La abuela Tota, que vivía en esa esquina y todas las tardes nos miraba jugar a la pelota, saltó de la reposera a dentro de la casa y llamó a la ambulancia. Que llegó tarde para los 10 años de Mati, pero a ella le salvó la vida.

Todos los días al salir del comedor de la escuela, lo acompañábamos a Kevin hasta la casa a buscar la pelota. No digo -su- pelota porque era de nosotros. Sí, se la regalaron para su cumpleaños, pero también nos la regalaron a todos. Los mejores fideos con tuco los comí en el comedor de la escuela. Jugábamos competencias de quién terminaba más rápido y siempre me ganaba Mati; excepto, cuando había milanesas con arroz. Él odiaba el arroz blanco y yo, sobrándolo, lo comía desde su plato.

Era en lo único que le podía ganar. En las carreras de bicicleta me sacaba media cuadra; las pocas veces que íbamos al ciber, él era el poli triunfador y yo el terrorista abatido; jugábamos a dar vueltas las cartas del piso haciendo sopapa con las manos, y en más de un recreo me dejó sin ninguna carta de Dragon Ball. Y encima, su primer beso fue con Nadia. Ella recién había empezado el secundario. Era la única en toda la escuela que se pintaba los labios de rojo; no iba al comedor, no saltaba la soga, no jugaba a la rayuela, tampoco al elástico. Caminaba por ahí, con sus pasos cortitos, del brazo de su amiga, sin mirar a nadie, mientras que todos la mirábamos. Siempre nos rechazó cuando la invitábamos a jugar a la botellita. Su guardapolvo ajustado nos hacía fantasear con los cuerpos que veíamos en esas revistas que no tenían que ver nuestros padres. Esas revistas que las compré con mis ahorros (dos meses sin ir al ciber), que un día se las presté a Mati y jamás me las devolvió.

Nadia sólo se fijó en él porque eran vecinos. Además, sus padres eran amigos. Puntos a su favor. También viajaban juntos en bondi hasta la escuela. Eso lo convertía en el único de primaria que ella saludaba. El día que la gata de Mati tuvo crías no sabía qué hacer. Uno le regaló a la abuela Tota, otro lo abandonó en la cocina de la escuela y al que le pedí que me lo dé lo tiró adentro de un balde de 20 litros con agua. Lo quise sacar pero me agarró fuerte y se reía. Vi las pequeñas burbujas que llegaban hasta la superficie de ese balde, sin poder hacer nada. Quedaba un gatito más y él sólo pensaba en hacer lo mismo. Le pedí por favor que no lo haga. Se me ocurrió que se lo regale a Nadia y lo hizo. Ese fue el inicio de su relación. Ojalá lo hubiese ahogado.

Con nuestra pelota en los pies, íbamos hasta la casa de Nico a jugar. La calle era nuestra cancha; las mochilas, los arcos. No era un lugar transitado. Era una zona comercial pero iban a comprar vecinos caminando o en bici. Las pocas veces que pasaba un auto, el primero que lo veía gritaba: “¡Auto!”, subíamos todos a la vereda y después seguíamos el partido posicionándonos cada uno en el lugar que estaba. Ese truco nos lo enseñó la abuela Tota. Sacaba su reposera afuera, nos miraba un rato y se dormía una siesta sentada. Nico nos decía que no era su abuela, y la llamaba así igual. Entonces, dejó de ser -su- abuela y pasó a ser la de todos. Al principio no le gustaba que hiciéramos tanto barullo frente a su casa, hasta que Mati la empezó a saludar, le comentaba que él nunca conoció a sus abuelas, siempre le preguntaba si se había hecho algo nuevo porque estaba más joven, le ofrecía presentarle a su abuelo, y un día, que nos preparó una pastaflora, él le dijo que fue la más rica que comió en su vida. A partir de ese día, todos los viernes nos hacía una.

Los viernes, el equipo que ganaba se comía la pastaflora. Llevábamos una cuenta de cuántos goles tenía cada uno. Obviamente, Mati mantuvo su récord mucho tiempo hasta que dejó de venir. Se iba a la placita con Nadia. Ella lo esperaba que saliera del comedor, pero él nunca le dijo que comía con nosotros. Usaba de excusa que la profesora le daba tarea extra para hacer cuando terminaba la hora. Y se iban. Por un lado me ponía mal porque Nadia era mi primer amor; por el otro, contentísimo debido a que en una semana quedé a tres goles del récord de él.

El último viernes de septiembre del 2006 cayó 29. Nunca me voy a olvidar de esa fecha. En el comedor nos sirvieron milanesas con arroz. Los chicos le comentaron a Mati que estaba cerca de superar su récord. Dos noticias fuertes el mismo día, que él no lo podía soportar. Salió corriendo afuera y volvió enseguida. Desde la ventana vimos como Nadia se iba. Me miró a los ojos, mientras le comía el arroz de su plato, me dijo: “Lucas, nunca vas a alcanzarme.  Y hoy le voy a llevar la pastaflora a Nadia”.

Fuimos rápido hasta lo de Kevin porque desde el cielo unas nubes negras amenazaban con terminar nuestro desafío. Teníamos una sola regla en nuestro fútbol. El que faltaba, atajaba los mismos goles que por día se ausentó. Más simple, Mati obligado a atajar siete goles. El inspirado de ese día fue Kevin. Le hizo cuatro en menos de cinco minutos. Pero el que se llevaba la pastaflora seguía siendo Mati, su equipo nos ganaba 6 a 4. Me fui de delantero, de pescador, mano a mano contra él y antes que se largue a llover metí los goles del empate. Estaba a uno de alcanzar su récord y de quedarme con la pastaflora. Córner contra mi equipo, me quedé solo arriba por las dudas que haya un revote. Todas las miradas puestas contra mi arco, la lluvia se puso cada vez más espesa, el que metía gol ganaba. Lo miré a Mati, vi justo cuando el auto dobló a fondo en la esquina y se dirigía a él. Subí a la vereda. Pensé en Nadia, en la revista que le presté él, en las cartas que me ganó, volví a pensar en Nadia, en el gatito que ahogó en el balde, en las carreras de bici que perdí, otra vez en Nadia. Pensé tanto que no grité: “¡Auto!”. Se escuchó una frenada inútil, el auto chocándolo por la espalda a Mati, su cabeza contra el piso y el grito de todos los chicos asustados. La sangre se esparcía rápido gracias a la lluvia.

Desde ese día no volvimos a jugar a la pelota en la calle. Ni a ver a la abuela Tota. En el comedor ya no competíamos por quién comía más rápido. Debo admitir que Mati tuvo razón cuando dijo que nunca lo iba a alcanzar con los goles. Pero se equivocó en otra. Jamás le pudo llevar la pastaflora a Nadia.

Honorable Concejo Deliberante

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El honorable Concejo Deliberante de Moreno está ubicado en Martínez Melo 52 entre una cerrajería y un local de ropa infanto-juvenil. Las 24 oficinas con timbre, para la misma cantidad de concejales, se encuentran en el segundo piso, arriba de esos comercios y otros nueve; uno de telefonía celular, una regalería y las demás de vestimenta. En la entrada un policía apoyado en la pared y dos recepcionistas. En su escritorio fotocopias y un monitor blanco igual al teléfono que no paraba de sonar. Una escalera y al lado un pasillo que desemboca en un estacionamiento exclusivo para ellos.

Al terminar de subir todos los escalones, se ve la puerta de la oficina número 16 perteneciente a Bibiana Atala (Sí, las dos veces con B larga). “El primer día entraron todos corriendo buscándose una oficina; parecían chicos de primaria -comentó la docente-. La población del distrito creció muchísimo y tuvieron que agregar cuatro concejales más. Y también oficinas”. Adentro, a la izquierda la puerta del baño con un cartel: “Uso exclusivo del personal. Por favor no insista, abajo está el baño público. Gracias”. Una antesala con un ropero de chapa con estantes que contenía expedientes, archivos, una caja de sobrecitos de edulcorante, leche en polvo y un frasco de café. También tres sillas y dos mesas; en una, una computadora que estuvo apagada toda la jornada, la otra servía para separar al secretario del consultante.

Atala ingresó y le preguntó al asesor si había alguien en la oficina, éste le respondió que sí y ella, de la misma forma que una madre reta al hijo, le indicó: “¡No hagas pasar a nadie cuando no estoy!”. Entró a su despacho y saludó con un buen día maternal. Su lugar tiene una ventana que mostraba a las personas correr con la certeza de que adelante también llovía. Un escritorio con un sobre de cartón, un expediente de tapa dura color azul, un vaso descartable con té y el inservible sobre de edulcorante que luego tiraría al tacho de basura con una bolsa de supermercado.

El secretario es un hombre dócil de unos 60 años que entretenía a una joven estudiante que estaba pidiendo un cambio escolar por inconvenientes familiares, mientras Bibiana trataba de solucionarle un problema a la señora Gómez. Ella venía a hablar porque al marido le faltaba una pierna y estando en silla de ruedas cobraba la pensión por discapacidad, pero no le abonaban la Asignación Universal por Hijo. Según La Concejal, se comunicó con el Anses y lo solucionó. Se despidió de ella, y antes de atender a la joven fue hasta la oficina de Jorge Kartofel para informarse en qué situación se encontraba la denuncia del ex Secretario de Salud del hospital de la localidad. En la acusación dice que el director del mismo les pagaba el sueldo de 35 mil pesos durante un año a cuatro personas que no fueron nunca a cumplir su trabajo.

La oficina de Jorge estaba al finalizar el pasillo, del lado derecho subiendo por la escalera. De ambos lados, despachos; cada aproximadamente siete metros, un matafuego; dos dispenser con frío calor; baldosas oscuras gastadas en el centro, como esas canchas de fútbol que tienen el pasto quemado en el medio; cuatro cámaras de seguridad; en cada extremo un cesto de basura y un ventiluz con rejas. Semanas atrás entraron por la noche, se robaron expedientes importantes y echaron al sereno.

Es la primera vez que Bibiana tiene un cargo público. Sin embargo, milita en el partido vecinalista, con ideas radicales, desde 1995. “Hacíamos varias cosas para la gente, pero desde este lugar se puede ayudar mucho más –afirmó-. Para llegar tuvimos que hacer una alianza con el candidato a intendente de Sergio Massa (Anibal Asseff)”. “Y no nos bajó un peso. Hicimos la campaña con nuestra plata”, agregó Darío Gómez ex futbolista de 45 años, recientemente padre primerizo y es el otro secretario de la funcionaria.

Atala atendió a la joven estudiante. Además de escuchar sus problemas, le tomó su currículum vitae. “No tenemos por qué hacer esto, pero es una ayuda. A veces viene alguna empresa que necesita gente y le entregamos los de esta carpeta”, aseguró Darío mientras señalaba decenas de CV.

La chica se fue. Bibiana recibió a una señora que la esperaba charlando agradablemente con el asesor dócil y le pidió que vaya a comprar sanguchitos de miga. “No solemos comer acá. Como estamos cinco horas. Y cuando lo hacemos solamente sanguchitos”, sostuvo Darío. En el pasillo, cada tanto un delivery golpeando las puertas dejando bolsas con comida.

La señora estaba desorientada porque le llegó un gran aumento en el impuesto inmobiliario. La docente le tuvo que explicar la situación de la localidad.  Walter Festa (Intendente de Moreno) dijo que al recibir el municipio en la caja sólo había 35 mil pesos. Con ese argumento los integrantes del Concejo Deliberante votaron unánimemente la suba del 35% del impuesto inmobiliario.

Hay dos posibilidades para acceder a un turno con algún Concejal. La primera es llamar y, según el inconveniente, te derivan por comisión: educación y cultura; deportes y recreación; calidad de vida y salud pública; hacienda, presupuesto y cuentas, entre otras. O la otra, tener algún secretario conocido y acercarse, entre la cerrajería y el local de ropa infanto-juvenil. Sin embargo, tampoco contarían con el honorable privilegio de poder utilizar el baño de la oficina.

El trabajo de Javi

javi

“Soy creyente, aunque no tanto. Nunca fui caminando a Luján, pero a veces voy a la Basílica a pedir. O a putear a la virgen”, bromeó Javi (35), dueño y cocinero de la panchería y hamburguesería “Hora Libre”. Eran las 12:40 del sábado y rezaba para que alguien pase por la vereda de las vías y lo ayude a empujar el 147 que se resistía arrancar; así comenzó su día laboral. Dos semanas atrás un mecánico del barrio le arregló el burro del auto. El respaldo del asiento del conductor estaba sostenido por una cubierta, arriba del estante, CDs de música: “Súper MP3”, con una rubia arriba de una moto; cinta aisladora, y una llave 13. A las tres cuadras dobló a la derecha, se le abrió su puerta y casi se va de cabeza a la calle.

Todos los días va a comprar la mercadería, para que no se le pudra, a un local de comidas rápidas en el centro de Moreno. Su emprendimiento está ubicado al lado de una escuela privada, y a la vuelta de otras dos, de las que tienen la cuota más cara de la localidad. De frente las vías del Tren Sarmiento (Once-Moreno). A pocos metros, el esqueleto, oxidándose, de lo que hace un tiempo funcionó como andén provisorio de la estación.

“Uno se arrepiente de perder un laburo fijo”, dijo Javi mientras miraba el piso y se rascaba la cabeza. Laburó durante años como administrativo en un hospital de Capital. Denunció al centro de salud por la forma en que lo echaron. El argumento que utilizaron se basaba en que él falsificó una licencia médica. “Cuando me agarré la Gripe A en el hospital lo justificaron como si fuera una gripe común –declaró-. Me rajaron para meter gente amiga”.

Trabajó estable en “Ritmo”, lugar donde compra su mercadería, por seis meses. Ahí se curtió con la preparación de las comidas, vendió el auto, y se abrió el local frente a la casa, en la que vive junto a sus padres y su hermana. Adentro tiene una barra con los aderezos y un estante de vidrio vacío; carteles del tamaño de una billetera con precios; dos banquitos altos; un freezer; arriba, otro estante vacío; un ventilador que siempre está desenchufado; más carteles con precios; una heladera con gaseosas y jugos; la plancha, la freidora y más carteles con precios. Afuera, dos mesas, algunas sillas, un toldo, la lona para cerrar cuando hay viento y más carteles con precios.

Al lado del local, el padre tiene una forrajería. “Hace tres años le diagnosticaron cáncer y le dieron dos meses a mi vieja –comentó Javi y se comió una empanada-. Hay que ser fuerte, si era yo, me dejaba morir”. La especialidad de la casa son las hamburguesas, la suprema, el churrasquito, las empanadas que las hace su madre para mantenerla ocupada y la parrilla que amaga a sacar todos los sábados, y ese día siempre encuentra excusas nuevas para no hacerlo.

La comida comprada, faltaban las bebidas. De milagro el auto arrancó, y fue hasta un supermercado chino con algunos envases. A metros de su local hay otro negocio de comidas rápidas que un vecino,  con el que se conocen desde la infancia, abrió algunos años antes que él. “Cuando empecé yo se enojó, pero de esta manera comemos los dos –manifestó Javi-. Vendo comida nomás, si pongo un quiosquito como él, me parte al medio”.

Los sábados que no llueven ni hacen frío, van siempre los mismos clientes; un padre con su hijo y a veces con sus compañeros de fútbol; una familia que compra para llevar; otro papá con su hijo; un remisero que va a almorzar casi todos los días, y un grupo de adolescentes.

Tiene un hijo de 12 años. “No lo vi hasta los seis, por quilombos con la madre, los juzgados y todas esas cosas”, explicó. De vez en cuando aparece por el local, o él lo pasa a ver por la casa. Actualmente, está en pareja hace seis años: “Nos peleamos, nos arreglamos, pero siempre me banca”.

El sol se escondió atrás de unas nubes. El grupo de adolescentes terminó de comer, pagaron, acomodaron un poco abajo del toldo, ayudaron a guardar las cosas adentro. Javi tenía que ir antes de que oscurezca al taller para que le revisen otra vez el auto. Esa vez no hizo falta rezar, los pibes lo ayudaron a empujar.

Perdidos en el Sarmiento

fuelle-del-sarmientoAbrí la mochila para sacar los auriculares, pero vi que frente mío se sentó un Pibe, sacó una bolsita de cocaína, miró a través de sus anteojos de sol para los costados, se acomodó la capucha y se dio un pase. Cerré la mochila y la abracé. «No voy a dormir nada -pensé-. Antes que el Pibe la quiera bardear mejor voy a otro vagón.» Pero no me moví.

El aire del tren no funcionaba; formaciones nuevas, problemas nuevos. Estaba todo transpirado sentado frente a él, culpa del verano que primereó a la primavera otra vez, en el acordeón del segundo y tercer vagón del tren Sarmiento. Siempre me siento ahí en Once, ya que no hay asientos disponibles y sentarme en los reservados no es lo mío. Admiro la impunidad con la que algunos tipos se quedan dormidos ahí. Quizás estén embarazados y me indigno al pedo. A veces me gustaría tener la caradurez de no ceder el asiento a quién lo necesita. No es que lo dé porque sea buen tipo, en mi interior tengo un termómetro de culpabilidad: En los primeros dos asientos, 99 porciento de culpa; los segundos, 66; y los de atrás, 33.

Arrancó el rápido, aunque no por la velocidad. El exorbitante tren bala sólo para en Flores, Liniers y a partir de Morón en todas las estaciones hasta Moreno. El Pibe sacó de su mochila una botella de fanta de dos litros y cuarto llena de cerveza tibia. La tomó, se secó la boca con la campera del Milan de Italia y me preguntó —¿Por dónde estamos?—.—Llegando a Morón—, le respondí seco. Vi que se quedaba dormido y se despertaba asustado. Le dije que se durmiera, que lo iba a despertar en Merlo. Me agradeció y se durmió dos minutos.

—Tengo un re sueño. Vengo de una gira de hace tres días y no doy más. Me quise levantar un poco –se tocó la naríz- y me tiró para abajo. Le di a la birra y tampoco me levantó —comentó—. —Me peleé con mi señora y me echó de mi casa. Me fui para lo de mi vieja y también me echó—. No entendí nada, sólo escuché. —Ahora voy de casa en casa de mis amigos. Antes de ayer dormí en una plaza —me contó—.

—Ayer me gasté dos lucas en un puterío. Le pagué a dos minas, les puse una línea de merca en el culo y lo aspiré de ahí. ¿Sabés lo que fue eso, perro? Tremendo —detalló efervescentemente—. Silencio. Una estación después preocupado confesó —Ando re perdido—. Por fin abrí la boca y le dije —Está bueno perderse de vez en cuando. De esa manera te encontrás a vos—. El Pibe me empezó a contar que vende tappers por la zona de Merlo y que en dos semanas iba a juntar la plata necesaria para alquilarse una piecita.

Ninguno de los dos pudo ni quiso dormir. Se acercaba la estación donde él tenía que bajar. —Hay una piba allá, a la que le dije un par de cosas antes de subir y se reía. Ahora la voy a buscar y le voy a robar un beso. Nos vemos, Ñery.

—Dale, loco. Suerte. Ojalá te encuentres -le aconsejé-.

—Olvidate, amigo –respondió y se fue-.

El Pibe no escuchó bien la penúltima palabra que le señalé. Pensó que dije “la”.

Mi fantasía sexual

Mi fantasía sexual era ir caminando por la calle, que me pare una policía alta, morocha, con anteojos de sol y con el uniforme pegado al cuerpo, que me pregunte qué llevo en la mochila y contestarle —Algo que nunca consumiste vos, careta—. Inmediatamente, me reduce de boca al piso, abre la mochila furiosa y encuentra un cuaderno con anotaciones y el libro El proceso, de Kafka. Le sonrío desde el suelo y mi ilusión de rebelde sin causa, amanecería al otro día con una causa civil por desacato. Una muy buena anécdota para contarles a mis amigos, ya que soy un hombre, heterosexual y casi blanco de clase media, tengo las suficientes características para que el Estado no me desaparezca.

Casi se cumplió mi deseo; mejor de lo soñado. Cambiaron algunos detalles primordiales como la localización, fue en una estación de servicio. Los personajes; mi amigo El Gordo Gonza, El Petiso «aparente» policía de civil y yo. Un trío con El Gordo, nunca lo hubiera imaginado. Y en vez de la mochila, el auto de él.

Al mediodía de ese viernes Gonza me enseñó a manejar por colectora cerca de General Rodríguez. Su pasión son los fierros; desde chico maneja kartings, y se cree que vive en Rápido y furioso con su Gol cuadrado del ´95 descascarado. Tanto le apasionan los fierros que siempre tiene uno guardado debajo de su asiento. A la tarde teníamos que ir a la casa de Tissera que nos iba a presentar a la novia. Y allá estábamos yendo, pero se le cruzó uno de sus archienemigos, El Colectivero de La Perlita.

Veníamos por la ruta que costea las vías del ramal Moreno-Mercedes, por Francisco Álvarez, y durante algunos kilómetros El Colectivero que iba delante de nosotros subía y bajaba pasajeros sobre la ruta, sin parar en la banquina. El Gordo se mordía el labio, le pegaba al volante, tiraba el auto para la izquierda, y miraba si lo podía pasar. En la estación de La Reja se hizo espacio y quedamos adelante de su enemigo. Le tiró el auto adelante, le frenaba, repetidamente, durante dos cuadras y me agarró un ataque de moralidad. —En el bondi viaja gente que no tiene nada que ver con tu rivalidad y la pelotudez de El Colectivero—, le dije. Se cansó de mis sermones y seguimos a nuestro destino. Aceleró en silencio. El espejo retrovisor reflejaba a los árboles y postes de luz cada vez más borrosos e inclinados.

Antes de llegar a lo de Tissera paramos a cargar gas. En el otro surtidor estacionó un auto, se bajó un tipo de unos 35 años, media cabeza menos que yo, con la visera para atrás y cordialmente preguntó ­­—¿Chicos, ustedes iban adelante del colectivo?—.

—Sí— respondió Gonza y le contó lo que pasó.

—¿¡Pero ustedes son pelotudos!? ¡¿Qué mierda tienen en la cabeza?!—. El Gordo le pidió que se calmara, El Petiso peló la «aparente» chapa de policía y empezó —¡No me contestés así, pendejo la concha de tu hermana!—. La mujer que iba con él en el auto, se bajó, se puso a ver el espectáculo de reojo, con la mano en la frente, mirando el piso.

—Tranquilizate, flaco, no hace falta que hables as—.

—Cerrá el orto, pelotudo. ¿Querés que te agarre del cuello y te tire al piso?—, me interrumpió. Obedecí, fruncí todos los orificios que un cuerpo humano posee. Gonza se pudrió que le grite a diez centímetros de la cara, y que lo escupa, se hizo el distraído que acomodaba algo del capot, pero el ínfimo policía lo empujó del hombro para su dirección y le ordenó —¡Mirame a los ojos cuando te hablo!—. Dilaté el upite y le insistí que esa no era la manera. —Vos cállate la boca, porque te voy a meter un culatazo en la nuca, pendejo de mierda—, me amenazó.

En ese momento lo vi enorme, llegaba hasta el techo de la estación de servicio; a mí, con un sangrado profundo en la cabeza, tirado en el piso sin sonreír; a abuela, internada en el hospital por una fuerte subida de presión; a vieja, llorando en la comisaría; a los testigos, contradiciéndose; a las cámaras del lugar, filmando para otro lado; a los medios de comunicación, hablando de justicia por mano propia. Me hice la película, la saga y sus secuelas.

Alrededor, cada uno en su mundo, en su vida. Un chabón paseando unos perros. El sol se terminó de esconder pero todavía alumbraba. El día, pesado. El Petiso o el sorete justiciero, reluciente y apestando. —Encima son dos pendejos. A ver el registro…—, nos sobró. Gonza lo sacó y se lo mostró de lejos. —Ah, no me lo querés dar. Te voy a sacar las llaves del auto y voy a llamar al patrullero—, se acercó a la ventanilla del conductor y mi amigo cedió. Le sacó unas fotos de los dos lados, se lo devolvió y nos aconsejó forreándonos —Si el chofer del colectivo es un imprudente, anotás la patente y hacés la denuncia—. Dejé de escuchar, apreté todo el aire que tenía en la mano derecha y le miré fijo la nariz. El Gordo le pagó a la playera y nos subimos al Gol. El Petiso se acercó a su auto y desde ahí nos gritó —¡Tengan cuidado con lo que hacen, mirá que sé donde vivís, Gonza!—. Salimos arando.

El Gordo aceleró, empezó a pasar autos y miró los espejos creyendo que nos seguían. —Ni miré la patente del Clio de El Petiso, pelado, forro—, le dije. —No era petiso, boludo, ni pelado y el auto era un Peugeot—, aseguró Gonza. No se me dio con la policía alta, morocha, con anteojos de sol y con el uniforme pegado al cuerpo, pero compartí una experiencia erótica con El Gordo, que ahora tiene otro archienemigo, y yo busco una nueva fantasía sexual.